En estos días de encierro he “desenterrado” las viejas cartas del pasado. Son escritos que documentan mi historia y la de mis padres y abuelos a lo largo de todo el siglo XX.

En particular, desempolvé las cartas de amor de mis abuelos Paizy (Maurice y Blanche), durante la primera década del siglo pasado. Ambos vivían en Francia: él en París y ella en un pueblito llamado Auxonne, localizado en una región llamada Dijon donde hacen, por cierto, muy buena mostaza.

Ambos se conocieron en un viaje que hizo mi abuelo en la Pascua del 1908 en el pueblo de su futura esposa. Solo estuvo allí tres días, pero el amor entre ellos, desde que se vieron por primera vez en la plaza de esa aldea, fue fulminante y perduraría por más de medio siglo.

Al regreso de Maurice a París, comenzó a cartearse con su enamorada, todos los días, por 365 días, hasta que en la Pascua de 1909 volvió mi abuelo a Auxonne para casarse con mi abuela en la iglesia de la misma plaza donde se habían conocido un año antes.

Las cartas de mis abuelos durante ese año de noviazgo son reveladoras: describen el día a día de la vida de mis abuelos en la Francia de principios de siglo, con referencias a detalles de su vida cotidiana, de sus respectivos padres (mis bisabuelos) y las noticias de la época. En aquel entonces, los recursos económicos eran pocos, por lo cual tenían que ahorrar en papel, tinta y sellos. Por esa razón, escribían cada carta en una sola hoja de papel, con una letra minúscula, con poco espacio entre las líneas y aprovechando cada recoveco para expresar su amor.

Durante todo ese año, ambos se trataban de ‘usted’, con un respeto y una delicadeza en el uso de las palabras que te remontan, al leerlos, a una época de deferencia y pudor que ya son, literalmente, cosas del pasado. En una de las cartas, mi abuelo recibe la sorpresa de una foto que mi abuela se tomó con un fotógrafo profesional en una de las ciudades cercanas a su aldea. El precio de esa sesión fotográfica debió costarle a mi abuela y a sus padres una fortuna. Pero fue un sacrificio que, según se desprende de las cartas de mi abuelo, tuvo un efecto inmenso en su vida y en su felicidad. “Todas las noches” -escribía Maurice- “antes de apagar la luz de mi dormitorio para acostarme a dormir, miro su hermoso rostro. Lo hago durante el tiempo suficiente para que se me quede grabada su imagen en mi memoria y, así, quedarme dormido con el recuerdo de su belleza”.

El leer estas cartas, más de 100 años después, es para mí un viaje en el tiempo al momento justo en que nacía el amor entre dos personas… un amor indispensable para mi propia existencia. Estas misivas me hacen testigo, en primera fila, de mi historia.

Luego de casados, mis abuelos vivieron una vida de amor, pero de muchos sufrimientos en Europa: la Primera Guerra Mundial, la pandemia de la gripe española, la Gran Depresión, la muerte de uno de sus dos hijos (el hermano de mi papá) durante su servicio militar en Siria, la Segunda Guerra Mundial. Todo ha quedado documentado en las cartas que se enviaban desde los frentes de batalla o en sus propios diarios.

La época de escribir cartas ha pasado al olvido. En el buzón solo nos llegan las facturas del banco. Hoy nos comunicamos con mensajes desechables y digitales que no tendrán permanencia en el futuro.

El progreso no siempre lo es…