Cuando niño disfrutaba en grande de los atletas de aquella era. Mi padre, quien según me contaron era buen corredor, me inculcó el respeto y la admiración por quienes con su talento físico y su inteligencia deportiva representan nuestras escuelas, colegios y universidades. Por eso era religión sentarnos a ver cada año las Justas Atléticas Interuniversitarias.

Siempre soñé con ser un gran atleta y poder representar a mi universidad y mi bandera. Sin embargo, carecía del físico necesario para ser un deportista destacado.

Quién diría que con el tiempo la vida me llevó por un camino cercano como periodista de deportes. Y aunque, no por mi voluntad, tomé otro rumbo profesional, siempre hacía mis entradas y salidas en la cobertura de eventos deportivos.

Además, nunca imaginé que tras mi quebranto de salud sería el deporte lo que me rescataría de la incertidumbre laboral y emocional.

Los pasados Juegos Centroamericanos en Barranquilla, Colombia, fueron una verdadera prueba de fuego. Casi sin voz, mi participación en la narración de varios eventos me fue devolviendo la vida.

Mis amigos estuvieron ahí para darme confianza y el público perdonó mis quebrantos de voz y me arropó con el corazón. Estar en ese ambiente y junto a mis compañeros de siempre representó una gran victoria ante la adversidad.

La pasada semana se tomaron otro riesgo. Me llamaron para presentar junto a Natalia Meléndez los premios a la Excelencia Deportiva del Comité Olímpico de Puerto Rico. 

En esos días mi voz estaba muy afectada, pero teniendo la experiencia centroamericana en mi espíritu, dije que sí. Yo necesitaba de esa energía, no solo del equipo de producción y mis compañeros, sino también de los atletas.

Así comenzamos la actividad. Con un poco de temblor en las rodillas, que se fue calmando con la entrada de los homenajeados, sus familiares y los miembros del olimpismo boricua. 

Y nuevamente, el deporte me dio el segundo aire que necesitaba. Aunque las luces frente a nosotros limitaban la visibilidad, se podía apreciar las sonrisas de los deportistas premiados y el orgullo de sus familiares. También el de los miembros del COPUR que ven culminada una etapa del trabajo mientras ya trabajan en el próximo paso.

Allí se reconoció y se le dijo gracias a Javier Culson, a quien se le dedicó la actividad. También fue reconocido el “Pirata Mayor”, Raymond Dalmau. 

Luego al talentoso grupo de jóvenes atletas que llegaban a la tarima con sus mejores galas, amplias sonrisas y orgullosos del trabajo realizado.

Por mi mente solo pasaba una cosa... agradecimiento.

En las victorias y en las derrotas demostraron entrega, sacrificio y amor por la patria. Miraba constantemente a los padres y familiares, quienes siempre estuvieron ahí para que el “nene y la nena” alcanzara la meta.

Muchos de ellos costearon de su bolsillo el trabajo físico y otros recibieron alguna ayuda que aliviaba la pesada carga económica. 

Hoy, ante los grandes retos que enfrenta el País, la cuesta se hace más empinada para que estos jóvenes puedan seguir hacia adelante. Es momento de encontrar nuevas formas de allegar dinero para que nuestros atletas tengan menos limitaciones y puedan dedicarse al deporte que sana heridas, fortalece valores y espíritu, nos une y nos saca del ocio y la maldad.

El deporte también forja profesionales disciplinados que bien pudieran seguir aportando a levantar nuestro País. Si celebramos sus triunfos y lloramos sus derrotas, ¿por qué no podemos adoptar un atleta para que tenga las herramientas que lo ayuden a seguir adelante? 

Se puede hacer más... mucho más. Eso es lo que hacen las sociedades adelantadas y de progreso. Apuestan a la educación, el deporte, la información y el trabajo en equipo para asegurar un mejor futuro. 

Si vieran el rostro de estos jóvenes al ser premiados de seguro se conmoverán.

Me retiré aquella tarde con mi voz ya desgastada, pero con el corazón lleno de felicidad. ¡Que viva el deporte! El que me ha dado la mano para seguir adelante.