El 2020 ha sido tan retante que hemos tratado de despedirlo desde enero. Los días parecen semanas y las semanas meses. Las redes sociales se inundan de memes que denotan la frustración que pasamos mes tras mes. Sin embargo, las crisis colectivas no son nuevas para nuestro pueblo. Hemos pasado juntos “la zarza y el guayacán”. ¿Qué tiene esta crisis de COVID que la hace tan particular? ¿Qué hace que el tiempo se nos alargue como si fuera un mal sueño?

Pues es que COVID no pega con nuestra cultura, “ni con cola”.

El COVID no permite que saquemos a flote nuestros mejores mecanismos de manejo de emergencia: acompañarnos. Si hacemos un recuento de algunas de las crisis más recientes, podemos ver esta diferencia con más claridad.

El huracán María nos trajo un sufrimiento impensable. Pérdidas de vidas, hogares, rutinas, la pérdida de nuestros acostumbrados métodos de comunicación, la lenta respuesta de las autoridades. Sufrimos necesidades de salud urgentes con difícil acceso a servicios. Nuestras emociones se retaron al igual que nuestra salud mental. El apoyo social que ofrecimos y recibimos nos proveyó algún alivio y sirvió de prevención y ayuda para manejar el día a día. Los vecinos ayudaron a vecinos, los niños salieron a jugar a la calle. Tuvimos oportunidad de contribuir como vecinos, como compañeros de trabajo, como familia. Vimos personas moviéndose donde más se necesitaba. Llegaba ayuda de boricuas de todos lugares del mundo y tratamos juntos de superar un sistema que no se movía a tiempo para ayudarnos. Nos sentimos llamados y orgullosos de ayudar. Vimos cómo somos de verdad “cuando el gas pela”.

Dra. Nydia M. Cappas, directora del Programa de Psicología y Cuidado Primario de Ponce Health Sciences University
Dra. Nydia M. Cappas, directora del Programa de Psicología y Cuidado Primario de Ponce Health Sciences University (Suministrada)

Los terremotos de enero presentaron una vez más una angustia sin precedentes. “Éramos muchos y parió la abuela”. Una gran necesidad psicológica superó las otras. Nos hacían falta ejércitos de ingeniería y sicología. Unos ayudando a determinar la seguridad de una casa y otros ayudando a superar la ansiedad de sentir que la tierra temblaba sin aviso alguno.

Y una vez más, ante un dolor impensable, nos acompañamos.

Filas de carros y camiones se movieron a la zona cero que todavía representaba peligro. Pero no nos importó. Quienes viajaron al oeste estuvieron largos minutos y horas en tapones con tal de asegurarse que las ayudas llegaran a quienes más lo necesitaran.

Los boricuas sabemos acompañarnos. Sabemos apoyar a nuestros familiares y amigos en momentos difíciles. Nuestra cultura y creencias así lo dictan. Vamos a funerales porque sabemos que el dolor no se quita, pero se pasa acompañado. A los enfermos los visitamos. Compartimos comida, espacios, nos abrazamos y lloramos juntos. Hablamos duro y compartimos un café o una cerveza.

Las consecuencias de COVID también han sido devastadoras, pero con una diferencia fundamental: Para eliminar el COVID no podemos acompañaros, estar juntos, vernos. No podemos hacer uso de nuestra agencia para ayudar a los que se ven más afectados. Y no podemos evitar que se sienta como abandono a los nuestros. No podemos evitar sentir el miedo de depender en un sistema que nos ha fallado antes.

Está aquí una de las intersecciones de cultura y la salud cuando hablamos de COVID. Le pedimos a un pueblo, ante una emergencia, que no use su mejor herramienta. Cuando pensemos en prevención y educación, debemos entender que estamos pidiendo a nuestra psiquis y a nuestro cuerpo que actúe contrario a sus más arraigados instintos y creencias. Necesitamos el ingenio de los profesionales y la comunidad para diseñar soluciones con esto en mente.

Si podemos entender que quien visita a su familia no lo hace por desobedecer, lo hace por acompañar, por no dejar a su familiar solo, porque esa es nuestra naturaleza, podemos diseñar medidas que se adapten a nuestra cultura. Así como los refranes nos permiten transmitir un mensaje que se entiende ampliamente en nuestra cultura, nuestras medidas de salud deben buscar lo mismo. Seamos el “buen árbol” al que la gente se “arrima” y que nuestro mensaje de salud caiga como “miel sobre hojuelas”.